martes, 17 de mayo de 2016

¿200 palabras?

Si algo me enseñó la Lingüística es a poner en duda toda afirmación sobre el lenguaje o los idiomas, venga esta de expertos o no. Dirán algunos que esta es una actitud arrogante, pero no, es todo lo contrario: así como el ser humildes nos ata a afirmar algo solo si tenemos evidencias, también nos obliga a rechazar ideas que no se sustenten en pruebas empíricas. Lo que viene a continuación no es un rechazo a las opiniones que Fernández Bogado presentó en su texto Sordos y mudos, publicado en el diario Última Hora en septiembre del 2014, es simplemente una invitación a analizar dichas opiniones desde una perspectiva práctica.
La idea que me salta a los ojos cada vez que me topo con el artículo de Fernández Bogado es la siguiente: “Un joven paraguayo hoy usa menos de 200 palabras para comunicarse diariamente en un idioma con más de 50.000 términos”. Me impresiona que meses después de su publicación, todavía se divulgue esta idea como portadora de la absoluta verdad. ¿De qué estudio salió la cifra de 200 palabras? ¿Cuál fue el instrumento que se utilizó para medir la cantidad de palabras que utiliza un joven paraguayo diariamente? ¿El estudio se basó en el lenguaje hablado o escrito? Si el estudio fue sobre el castellano, ¿se contaron solamente las palabras que se encuentran en el diccionario de la Real Academia? De ser así, ¿por qué no se contaron los préstamos del guaraní? En Paraguay, más del 50% de la población es bilingüe, ¿por qué entonces contaríamos las palabras que maneja un joven paraguayo en un solo idioma? 

Al parecer, las apreciaciones que se realizan de la capacidad comunicativa de los hablantes bilingües son siempre de substracción y no de suma. Con esa actitud, en una oración como Mi tía está pirevai, la palabra pirevai no solamente no sería parte del conteo (no sumaría) sino que implicaría el “desconocimiento” de la(s) palabra(s) malhumorada o de mal humor… y entonces restaríamos el número de palabras que conoce el hablante. ¿Con qué criterio descalificamos una palabra? ¿Por qué seguimos creyendo que el hablante bilingüe tiene que ser dos monolingües en uno? Aun sin tener respuestas a las preguntas que planteo acá arriba, la idea de que el joven paraguayo utiliza solamente 200 vocablos me parece sumamente difícil de creer. Primero, la psicolingüística nos propone que 200 palabras conforman el vocabulario estimado de un niño menor de tres años. Segundo, en un estudio sobre verbos en guaraní que estoy realizando, el promedio de la cantidad de verbos diferentes utilizados durante una hora de entrevista es de 150 por hablante… ¡sólo verbos… y sólo en una hora!
Además de presentar el cálculo lingüístico mencionado, en su artículo, Fernández Bogado vincula la supuesta estrechez de vocabulario con la incapacidad de expresarse, con la baja autoestima, con el suicidio, con el fracaso de la democracia, entre otros problemas sociales. Si por un momento aceptáramos la propuesta de las 200 palabras como verdad, igual cabría preguntarse en qué consiste “la incapacidad de comunicarse” y en qué medida esta está ligada al número de palabras que maneja una persona. También podríamos cuestionarnos si en realidad esta “sociedad del silencio que no puede expresar lo que le duele, lo que quiere, lo que ambiciona” no es en realidad una sociedad que no quiere escuchar o una sociedad que acepta como legítima solamente una manera de comunicarse. Fernández Bogado menciona que en una convocatoria para cinco mil puestos de trabajo, solamente el 10% de los candidatos pudo acceder al trabajo. Pero, ¿se presentaron cinco mil candidatos? Si es así, ¿cuántos de ellos fueron entrevistados en su lengua materna? En un país que se jacta de ser bilingüe, ¿por qué las entrevistas de trabajo se realizan en un solo idioma? 

Antes de juzgar la capacidad de expresión de una persona, deberíamos juzgar nuestra capacidad como oyentes, es decir, conocer los prejuicios que, muchas veces, nos hacen culpar a los hablantes de nuestra incapacidad de comprenderlos. Con esto no estoy afirmando que no existan personas que hablen sin decir nada; tenemos pruebas de sobra de que sí las hay. Sin embargo, no me apresuraría en afirmar que el vacío de ciertos discursos tenga que ver con el lenguaje; creo que la relación se da más bien a la inversa: al no saber qué decir uno nunca encuentra las palabras. Y, por el contrario, cuando se conoce el mensaje que se quiere trasmitir, las palabras están al servicio de uno. Las recientes protestas de varios sectores de la sociedad son prueba de ello.
Finalmente, entiendo que el objetivo del artículo del Dr. Fernández Bogado es alarmarnos sobre la crisis educativa de la sociedad paraguaya, que catapulta a su vez otros tipos de crisis. Si bien es cierto que no necesitamos mucha experiencia para darnos cuenta de que urge mejorar la educación en Paraguay, partir de premisas falsas y de prejuicios no nos acerca al objetivo, muy por el contrario, nos aleja de él. También sostengo que un cambio en la educación tendrá que empezar por el rescate de lo positivo y no por el insulto. Llamar a los jóvenes “simios que braman, envueltos en alcohol y en droga, a quienes sólo les interesa el fútbol” no puede iniciar nada bueno. Además, utilizar el calificativo “sordomuda” para referirse a una sociedad que no se comunica es al mismo tiempo un insulto para la comunidad sorda y una imprecisión: ser sordomudo no significa ser incapaz de comunicarse.


Estoy de acuerdo con el Dr. Fernández Bogado en que el futuro puede ser nefasto, pero esto no se evitará agregando palabras “selectas” al vocabulario de los jóvenes, sino fomentando la voluntad de escucharnos mutuamente, con oídos (y ojos) a la vez críticos y optimistas. 




jueves, 3 de diciembre de 2015

Noviembre de 1959

 -Nuestros maridos se iban a la guerra y no sabíamos si iban a volver. Vos llorás a mares cada vez que tu novio se va preso. Llorás por poca cosa. Levantate y hacé algo.

No era la primera vez que Cristina escuchaba ese regaño. Al principio, cada vez que desaparecía Justo, se tendía en los brazos de su mamá, aun sabiendo que escucharía palabras recias. Pero, las últimas veces, ya cansada de no encontrar consuelo en Cristina madre y hasta un poco avergonzada de su tonta tristeza, se encerraba en su cuarto. Arrugaba la cara, cerraba tensamente los ojos, respiraba hondo y, cada vez que estaba a punto de emitir un sonido, apretaba su rosario y contenía la voz. No, no evitaba llorar; lloraba, pero el tiempo le había dado la extraordinaria habilidad de hacerlo en silencio. Del mismo modo, Cristina madre había adquirido la capacidad de oír lo insonoro. Y ese día, cuando vio que Cristina entraba en el cuarto, lo supo: Justito había desaparecido otra vez. Se preocupó, como siempre, pero su deber era mantener la compostura y enseñarle a Cristinita a ser fuerte. Así que hizo lo habitual: abrió la puerta del dormitorio abruptamente y, desde lejos, como quien teme quebrarse ante la imagen de un ser indefenso, pronunció las palabras de costumbre; pero en esta ocasión, había agregado la orden: “Levantate y hacé algo”.

“Hacé algo”. ¿Hacer qué? ¿Derrocar al gobierno? ¿Enfrentarse a la policía? ¿Cuáles eran las posibilidades de lograr lo que quería? No era nadie. ¿Buscar ayuda de sus amigos? ¿Intentar hacer algo juntos? No eran nadie. Sin embargo, aun consciente de su impotencia, Cristinita decidió someterse a la autoridad de su madre. Se levantó y dijo: “Voy a caminar. Vuelvo en una hora”. Cristina madre, un poco sorprendida pero satisfecha, asintió.

Eran las nueve de la mañana. Cristina acompañaba el movimiento agitado de la ciudad con sus pasos. “No es como la primera vez. Sabemos dónde está”, se consolaba. Recordó el mes de noviembre del año anterior: treinta días sin saber el paradero de Justo. “Pensar que evitaba imaginar que podía estar muerto. Todos sabíamos que era una posibilidad, pero nadie la mencionaba, como si así evitáramos que sucediera lo peor”. Aquel noviembre, Cristina había recorrido oficinas públicas, comisarías, casas de amigos y parientes para encontrar pistas, atar cabos y llegar a Justo, pero sólo consiguió muecas de indiferencia, miradas de sospecha, suspiros compasivos y algún que otro comentario de la última vez que alguien había visto a su novio. Mientras caminaba, se acordaba de cómo había logrado llegar a él luego de un mes de recorridos frustrantes: la había llamado a su oficina la hermana Juana, la celadora del colegio en el que trabajaba de maestra, para darle una esperanza: “Cristinita, me llamó esta mañana el Monseñor Giménez, me dijo que vayamos a verlo esta tarde, que él tiene información sobre Justo”. La tenía, sabía quién sabía dónde estaba: el comisario Pérez. El monseñor las acompañaría a su oficina.

 “Por precaución”: las palabras le sonaban en el oído como si las estuviera volviendo a escuchar. Mientras caminaba, Cristina revivía aquella visita a la oficina del uniformado Pérez. Recordaba que su gorra le tapaba la cara; no dejaba ver que la presencia del monseñor le causaba incomodidad. Tenía las manos sobre su escritorio, entrelazados los dedos. Debajo del vidrio había una imagen de la virgen y de dos santos que Cristina no pudo distinguir. Cada vez que hablaba, inclinaba la espalda hacia delante, dejándoles ver a ella y al monseñor la totalidad del retrato en la pared. “El señor Prieto, monseñor, está en Investigaciones hace unos días”. “¿Por qué? ¿Qué hizo, comisario?”. “Está ahí por precaución, señorita”. Unos días después de ese encuentro, Justo salió de la cárcel y poco o nada habló de su primera estadía allí.


***

Cristina había estado ahorrando para hacerle un regalo de cumpleaños a Justo. No sabía muy bien qué compraría, pero tenía algunas ideas: libros, para demostrarle que le gustaba que fuera culto; gemelos o corbatas, para darle a entender que nadie los llevaba mejor que él y que no había nadie mejor que ella para elegirlos… Pero el día en que la mamá de Justo la llamó para contarle que su hijo estaba en Investigaciones nuevamente, Cristina se dio cuenta de que lo que más le gustaba de Justo eran sus convicciones y su manera de pensar: tan lógica pero tan humana, tan esquemática pero tan cerca de la realidad. Así que ni bien Cristina madre le ordenó que se levantara e hiciera algo, Cristina se dirigió a Artaza, donde compró en cuotas el regalo de Justo. Era una radio Braun, gris y alargada: diseño moderno. Aquel aparato lo mantendría al tanto de lo que ocurría en el país y los esfuerzos del gobierno por mantenerlo aislado no funcionarían del todo, porque él tenía una novia como ella. Si bien no podía vencer a los pyragues ni al gobierno autoritario, Cristina pensaba que podía hacer eso: acompañar a Justo en su oposición culta y elegante no solo con finura sino con convicción y, sobre todo, con incondicionalidad. ¿Incondicional el amor? El suyo lo era, porque los principios de Justo, razón por la que ella lo amaba, eran inquebrantables. Además, su fidelidad era su antídoto contra el odio, porque, a pesar de todo lo sufrido, Cristina no quería odiar. “Amar al enemigo”, se repetía a sí misma… ¡pero se le hacía tan difícil en esas circunstancias!

Faltaban unos días para el cumpleaños de Justo, pero Cristina no sabía cuánto tiempo estaría en la cárcel, así que decidió que era necesario llevar el regalo y algo de comida a su novio. Tenía la ilusión de que un presente por adelantado le sacaría al menos una sonrisa en ese lugar. A veces, a Cristina le daba curiosidad la condición de reos como Justo: “¿Cómo era estar ahí? ¿Qué sentían los presos? ¿Qué le pasaba a uno cuando lo sentenciaban indigno de la luz del sol? Eso debía ser peor que ir a la guerra”. Por supuesto, nunca quiso preguntárselo a él, pensaba que él hablaría de ello cuando quisiese. Así que se quedaba con su pensamiento ingenuo: por más bestias que fueran aquellos uniformados y aun preso, nadie podía dejar de tratar a Justo como el caballero que era. Y él debía estar bien porque era fuerte y querido, porque se sabía superior a esos hombres que no sabían lo que hacían. Y los perdonaba.

Cristina llegó a Investigaciones cerca del mediodía. Se había detenido en un bar cercano a comprar unos sándwiches para Justo. Había envuelto la radio en papel madera y la había metido en la bolsa de los sándwiches de modo que pasara desapercibida. Quiso subir el primer escalón, pero un joven uniformado que la sorprendió por su cara de corta edad se lo impidió.
-Vengo a traerle la comida al Sr. Prieto.
A pesar de haber tenido indicaciones de ser desagradable y cortante con quien trajera paquetes para los presos, el joven la miró con dulzura, atontado por la expresión entre triste y esperanzada de ella, y le respondió:
-Me vas a tener que disculpar, señorita, pero tengo órdenes de revisar todo lo que le traen acá a los detenidos.
Y así lo hizo. Vio que en la bolsa había dos sándwiches y algo envuelto en papel.
-¿Qué es esto que tiene papel?
-Una radio, no quería que se ensuciara con comida.
El jovencito pensó qué afortunado era el Sr. Prieto, “su gente se ocupa de él”. En el fondo, no entendía bien por qué estaba preso.

Desde donde se encontraba, Cristina podía ver las celdas que rodeaban el gran salón por el que se entraba a aquel caserón antiguo. En ese mismo espacio había varios policías jóvenes como el que la había atendido. En el medio, un señor de mediana edad sin uniforme leía el diario. Luego de agradecer al jovencito y despedirse de él, Cristina se quedó parada allí, al borde la escalera, esperando que le entregasen la bolsa a Justo. El policía se dirigió hacia la izquierda con paso apresurado. Cuando estaba a unos metros de la celda, el señor que leía levantó la mirada del papel y lo detuvo:
-¡Pss! Erumi chéve péa. 
Cristina se asustó. ¿Qué malentendido podía haber? ¿Debía acercarse a hablar con el aquel hombre? Quizá le enojó que ella no se presentara ante él, pero nadie le había dicho nada sobre hacerlo. Entonces, para enmendar lo que al señor le habría parecido una descortesía, decidió ir a hablarle. “Amar a tus enemigos”. “Amar a tus enemigos”. Sin embargo, sólo pudo subir un escalón; porque nada más a unos metros de sus ojos, aquel hombre sin uniforme tomó el aparato de la bolsa, le sacó el papel que lo envolvía, lo miró, hizo un gesto de aprobación y dijo:
-Kóa che mba’erã. 

Y sin querer evitarlo, ese día, Cristina, además de frustración, indignación e impotencia, sintió, por primera vez, odio.



  • pyrague: espía, delator
  • Erumi chéve péa: Traeme eso
  • Kóa che mba’erã: Esto es para mí.

foto del ciberespacio, ¿habría sido así?


viernes, 28 de agosto de 2015

Carta abierta al profesor Ramiro Domínguez

Albuquerque, 28 de agosto de 2015


Estimado profesor Ramiro Domínguez:

Me dirijo a usted con el fin de manifestarle la preocupación que me produjeron, como estudiante de Lingüística y madre de un niño bilingüe, las declaraciones que usted habría realizado hace unos días en la presentación del anteproyecto del Plan Nacional de Educación Intercultural Bilingüe. Según un artículo publicado en la versión digital del diario Última Hora, en dicha ocasión usted declaró que los paraguayos “somos nilingües”, que “en el Paraguay no se habla bien ninguno de los idiomas, ni el castellano ni el guaraní” (http://m.ultimahora.com/nilinges-ni-hablamos-espanol-ni-hablamos-guarani-afirma-experto-n924736.html). 
Antes de pasar a los detalles de mi preocupación, permítame aclararle que no estuve presente en la presentación del anteproyecto y que sus palabras me llegaron únicamente a través de la publicación del medio que mencioné. Confío en que el autor del artículo respetó sus declaraciones y las transcribió textualmente, sin sacarlas de contexto. Sin embargo, en caso de que no haya sido así y de que el artículo contenga información imprecisa, le ruego nos lo haga saber, a mí y al medio que corresponde.
El primero de mis temores sobre su declaración es que el término “nilingüe” se instale en el léxico de la gente a quien se dirigió en su presentación y a los lectores del artículo que reprodujo su tan ingenioso neologismo. Dados su autoridad en el campo de las ciencias sociales y el carácter “pegadizo” de la palabra que inventó, no me sería raro volver a escuchar dicho vocablo en boca de otros. Ojalá no sea así. ¿Por qué? Por la terrible carga peyorativa de dicha expresión. Referirse a alguien como “nilingüe” implica tratar al referente, conscientemente o no,  de inhumano o de ser inferior, puesto que la capacidad de comunicarse es una de las esencias de nuestra especie. Y creo, profesor Domínguez, que usted y yo sabemos las consecuencias nefastas que puede generar el percibir a una comunidad (o a la nuestra) como inferior a las demás.
En segundo lugar, me dirá usted que lo que intenta denotar la expresión “nilingüe” no es la carencia de una lengua materna, si no la incapacidad de comunicarse “correctamente” en uno de los dos idiomas con más hablantes en nuestro país. Lo repito: todo ser humano aprende una lengua materna. Ahora bien, esta lengua tiene variedades. Así, algunos hablantes de una lengua crecen hablando una variedad de prestigio y, otros, una variedad altamente estigmatizada. La diferencia entre las dos variedades se basa meramente en factores sociales. La variedad de prestigio es, sencillamente, la que hablan los grupos de status social alto; la variedad estigmatizada, la que hablan los grupos de status social bajo. En otras palabras, no hay factores lingüísticos, de la lengua en sí, que determinen qué variedad es mejor. ¿Qué implica esto para nuestra realidad? Que todos los paraguayos dominan su lengua materna, sea esta el guaraní, el castellano… o ambas (u otras lenguas con menor número de hablantes).
“No está mal hablar castellano o hablar guaraní, lo malo es mezclar”. Los paraguayos tenemos esta idea muy arraigada en la conciencia, aunque no sabemos a qué llamamos “mezcla”. ¿Es a la incorporación de ítems del guaraní cuando hablamos en castellano, o a la inversa? ¿Es a la alternancia entre un idioma y otro en una misma conversación? Sea cual fuere la respuesta, esta “mezcla” no es incorrecta, pues es una variedad más de la lengua materna. Es decir, algunas variedades del castellano tienen incorporados en su estructura varios elementos de origen guaraní. Lo mismo sucede a la inversa. También ocurre que algunas personas adquieren las dos lenguas como lengua materna y tienen la admirable habilidad de alternar entre un idioma y otro, entre frases u oraciones. Lamentablemente, muchas veces creemos que esta alternancia se debe a una incapacidad de expresar una idea en uno u otro idioma, pero décadas de investigación científica prueban que esto no es verdad. Por ejemplo, cuando digo “Estoy pirevai” (cuando me pasa, lo debo anunciar), no utilizo la palabra “pirevai” porque no conozco su equivalente en castellano, sino porque para expresarme con precisión en un situación dada, esa es la palabra que necesito. Y ni siquiera estoy cambiando de idioma… “pirevai” es parte de mi inventario léxico del castellano. Lamentablemente, no todos los “préstamos” del guaraní están aceptados. Si tomamos las siguientes oraciones: “Decilena a Pedro que me llame” y “Decile katu a Pedro que me llame”, percibimos que una es mejor que otra. ¿Por qué? Tienen casi la misma estructura, casi el mismo significado y el mismo número de elementos del guaraní… aun así, una de estas oraciones “nos suena mejor”. Esto se debe, simplemente, a que a la oración en cuestión la asociamos a una clase social privilegiada; mientras que a la otra, no.
En todas partes del mundo y en todos las épocas, hubo y hay idiomas en contacto. En Paraguay, el guaraní y el castellano se influyen entre sí desde hace quinientos años. Si bien por mucho tiempo la frontera entre la zona rural y la zona urbana marcaron una suerte de separación entre el guaraní y el castellano, hoy esta frontera está menos marcada y, por lo tanto, el contacto se intensifica. Como resultado, surgen todo tipo de fenómenos lingüísticos, productos de la creatividad del ser humano. Por más esfuerzo que se haga, ninguna institución podrá redibujar esa frontera lingüística… ni la Real Academia de la Lengua Española, ni la Academia de la Lengua Guaraní, ni las escuelas. Hasta cabría preguntarnos por qué hacerlo, ¿por qué no celebrar la diversidad lingüística del Paraguay? (Y cuando hablo de diversidad, no me refiero solamente a los diferentes idiomas, sino también a las variedades de cada uno de estos idiomas).
Tradicionalmente, las escuelas han favorecido la enseñanza de la variedad de prestigio de las lenguas. Esta preferencia refuerza la idea de que si no hablamos con las reglas gramaticales que nos enseñan en una institución, no hablamos bien: Hablamos, por el contrario una versión “corrompida” de la lengua. Como consecuencia, muchos nativohablantes de guaraní se sienten incompetentes en su lengua materna, porque la variedad que hablan no se parece al guaraní de la escuela o al guaraní que hablaban sus abuelos. Lo mismo sucede con nativohablantes de castellano, sobre todo al compararnos con hispanohablantes de otros países. La escuela nunca nos habló de que la lengua tiene variedades, que son, lingüísticamente, ¡todas correctas!
En Paraguay no hay “nilingües”. En el mundo no hay “nilingües”. En Paraguay y en el mundo hay personas con una creatividad lingüística fascinante, que merece documentarse, estudiarse y celebrarse. Los niños que recibirán las escuelas que implementen el Plan Nacional de Educación Intercultural Bilingüe no serán “nilingües”, serán fantásticos innovadores lingüísticos, con la capacidad de apreciar la diversidad y de explotar las múltiples posibilidades de expresión que nos ofrece el lenguaje. Si bien los planes y las reformas anteriores tuvieron falencias, estas no tuvieron que ver con la capacidad lingüística de los estudiantes. Muy por el contrario, créame, profesor Domínguez, que esta habilidad es el mejor recurso con el que cuenta la Educación Bilingüe.

Con admiración y respeto, me despido cordialmente.


Josefina Bittar Prieto
madre de Guillermo (7)
y estudiante de Lingüística
de la Universidad de Nuevo México, EE.UU.


domingo, 6 de noviembre de 2011

De lo superficial a lo espiritual (la historia de alguien que dio de mamar)


La panza del embarazo es un imán para historias sobre la maternidad, sobre todo cuando se es tan joven, como yo. Durante nueve meses, muchas mujeres compartieron conmigo su sabiduría de madres. Sus experiencias me fascinaron y me reconfortaron, pero al mismo tiempo, me confundieron: las vivencias iban de lo más poético a lo más traumático. ¿Qué me tocaría a mí? Mi panza-imán y mis inquietudes –en todas sus variantes: desde las más superficiales a las más espirituales– crecieron a la par.  

En el extremo superficial de mis preocupaciones estaba el devenir de mi cuerpo. Había escuchado historias de mujeres que habían subido cuarenta kilos durante el embarazo y que nunca los habían bajado, de gente que nunca había recuperado la curvatura de su cintura…  Ya me veía yo teniendo que privarme de ciertas comidas, o peor, teniendo que hacer ejercicio físico. Esta preocupación fue la primera en desaparecer cuando nació Guillermo.

Con el bebé en brazo, entendí que la alimentación que importaba a partir de ese momento era la del nuevo ser (la mía, sólo en tanto que no perjudicara la suya). Si bien cada mujer con la que conversé tenía una opinión diferente sobre el uso del chupete, una manera distinta de bañar al bebé y una creencia aparte sobre los poderes mágicos del cordón umbilical; en el tema de la alimentación todas estaban de acuerdo: el mejor alimento para el bebé es la leche materna.


El doloroso principio
Así, por sugerencia de varios artículos y madres, luego de mi cesárea, les pedí a las enfermeras que le mantuvieran a Guille a mi lado, para alimentarle cuando lo necesitase, y que evitaran darle leche de fórmula. Mi convicción de que dar de mamar era lo mejor para el bebé fue fuerte hasta que intenté hacerlo. Nadie me había dicho que amamantar podía ser doloroso y frustrante; tanto, que de a ratos, pensaba que la leche de fórmula no debía ser tan mala después de todo y que tal vez habría sido la mejor opción… Pero no, si la leche materna era tan importante y si tantas mujeres y bebés lo hacían con aparente facilidad, valía la pena intentarlo un poco más. Tenía que ser una cuestión de práctica. Llegarían tiempos mejores.

Gordo, él. Flaca, yo
Felizmente, al cabo de dos semanas, Guillermo había agudizado sus sentidos y los festines se habían vuelto menos difíciles. A mí ya me habían pasado los dolores de la cirugía y había vivido un gran acontecimiento: mi ropa “normal” me entraba, y lo mejor de todo, no había hecho dietas ni ejercicio. Esto era obra y milagro de la naturaleza… los beneficios del amamantamiento se estaban volviendo perceptibles. No sólo volvía yo a mi forma normal, sino también Guille engordaba saludablemente. Y así, al cabo de un mes, mi hijo y yo habíamos establecido una relación óptima para la lactancia… y yo comenzaba a conocer las múltiples ventajas de dar de mamar.

Nada más práctico
Una de las primeras virtudes que le encontré a la leche materna fue la practicidad. Toda madre sabe el esfuerzo que significa preparar leche de fórmula: pues no se trata sólo de mezclar el polvo con el agua, sino de esterilizar biberones, entibiar el líquido, desechar el excedente… y ni hablar de lo incómodo que puede ser acarrear los ingredientes y los envases de la leche en polvo de aquí para allá. La leche materna está siempre disponible, lista para beber, directamente del envase y con la temperatura adecuada. Nada se le iguala en practicidad.

Leche personalizada
Con los meses también pude comprobar que los bebés amamantados casi nunca sufren de cólicos, de constipación o diarrea. Esto a su vez evita en buena medida el sarpullido causado por el pañal y la ingesta de medicamentos. Según dicen, esta virtud se debe a que la leche materna tiene todos los nutrientes que el lactante necesita y a que, además, el cuerpo de cada madre produce una leche que se ajusta a las necesidades específicas de su bebé. Esta prevención de cólicos, constipación y diarrea es una cualidad de la leche materna visible a corto plazo, pero también se ha comprobado que el bebé lactante es mucho menos propenso a desarrollar alergias y que adquiere anticuerpos que le protegen durante toda su vida.

El planeta, agradecido
También es reconfortante saber que cuando damos de mamar, contribuimos en el cuidado del medio ambiente. Son varios los impactos positivos del dar de mamar. Algunos de ellos son la reducción de basura (pues no se desechan envases) y la disminución de la emisión de dióxido de carbono (la que genera la producción de leche de fórmula). Que el mundo entero nos agradezca lo que hacemos puede ser verdaderamente gratificante.  

En el mundo material
Por último, no puedo dejar de mencionar que otra de las grandes ventajas que tiene la leche materna sobre la leche de fórmula es su gratuidad. Cuando escucho cuánto gastan algunos padres en leche (sin sumarle el costo de medicamentos comprados para solucionar los problemas ocasionados por el consumo de leche de fórmula) me doy cuenta de que la lactancia beneficia la salud del bebé y de la mamá, el medio ambiente y también el bolsillo.


Hoy Guillermo tiene siete años (¡y comparto con las panzas nuestra historia!). A veces, cuando le miro, me acuerdo de cómo pasó de apenas levantar la cabeza a permanecer sentado mientras jugaba con un sonajero. Durante sus primeros seis meses de vida, mientras él se alimentaba exclusivamente con leche materna, yo disfrutaba de todo lo que se pudiera comer; pues sabía que la grasa extra que ingería, mi cuerpo la usaría en la producción de leche. Así también, además de la felicidad que me daba la libertad glotona, experimenté una sensación de satisfacción emocional como nunca antes. Toda la inseguridad que me había podido generar la inexperiencia en asuntos de maternidad pronto se desvanecieron, puesto que comencé a percatarme de que yo –y solo yo– era la responsable del crecimiento sano de mi bebé. Hasta ahora, no dejo de sorprenderme de la manera en que la naturaleza logra acomodar lo físico y lo emocional luego del nacimiento de un nuevo ser: es un mecanismo perfecto, del que somos parte.  


Di de mamar un año… y conocí todos los beneficios de hacerlo. Así recuperé mi forma física. Así ahorré tiempo y dinero. Así disfruté de la salud de mi hijo. Así protegí el medio ambiente. Así experimenté, en mi propio cuerpo, la sabiduría de la naturaleza.