viernes, 28 de agosto de 2015

Carta abierta al profesor Ramiro Domínguez

Albuquerque, 28 de agosto de 2015


Estimado profesor Ramiro Domínguez:

Me dirijo a usted con el fin de manifestarle la preocupación que me produjeron, como estudiante de Lingüística y madre de un niño bilingüe, las declaraciones que usted habría realizado hace unos días en la presentación del anteproyecto del Plan Nacional de Educación Intercultural Bilingüe. Según un artículo publicado en la versión digital del diario Última Hora, en dicha ocasión usted declaró que los paraguayos “somos nilingües”, que “en el Paraguay no se habla bien ninguno de los idiomas, ni el castellano ni el guaraní” (http://m.ultimahora.com/nilinges-ni-hablamos-espanol-ni-hablamos-guarani-afirma-experto-n924736.html). 
Antes de pasar a los detalles de mi preocupación, permítame aclararle que no estuve presente en la presentación del anteproyecto y que sus palabras me llegaron únicamente a través de la publicación del medio que mencioné. Confío en que el autor del artículo respetó sus declaraciones y las transcribió textualmente, sin sacarlas de contexto. Sin embargo, en caso de que no haya sido así y de que el artículo contenga información imprecisa, le ruego nos lo haga saber, a mí y al medio que corresponde.
El primero de mis temores sobre su declaración es que el término “nilingüe” se instale en el léxico de la gente a quien se dirigió en su presentación y a los lectores del artículo que reprodujo su tan ingenioso neologismo. Dados su autoridad en el campo de las ciencias sociales y el carácter “pegadizo” de la palabra que inventó, no me sería raro volver a escuchar dicho vocablo en boca de otros. Ojalá no sea así. ¿Por qué? Por la terrible carga peyorativa de dicha expresión. Referirse a alguien como “nilingüe” implica tratar al referente, conscientemente o no,  de inhumano o de ser inferior, puesto que la capacidad de comunicarse es una de las esencias de nuestra especie. Y creo, profesor Domínguez, que usted y yo sabemos las consecuencias nefastas que puede generar el percibir a una comunidad (o a la nuestra) como inferior a las demás.
En segundo lugar, me dirá usted que lo que intenta denotar la expresión “nilingüe” no es la carencia de una lengua materna, si no la incapacidad de comunicarse “correctamente” en uno de los dos idiomas con más hablantes en nuestro país. Lo repito: todo ser humano aprende una lengua materna. Ahora bien, esta lengua tiene variedades. Así, algunos hablantes de una lengua crecen hablando una variedad de prestigio y, otros, una variedad altamente estigmatizada. La diferencia entre las dos variedades se basa meramente en factores sociales. La variedad de prestigio es, sencillamente, la que hablan los grupos de status social alto; la variedad estigmatizada, la que hablan los grupos de status social bajo. En otras palabras, no hay factores lingüísticos, de la lengua en sí, que determinen qué variedad es mejor. ¿Qué implica esto para nuestra realidad? Que todos los paraguayos dominan su lengua materna, sea esta el guaraní, el castellano… o ambas (u otras lenguas con menor número de hablantes).
“No está mal hablar castellano o hablar guaraní, lo malo es mezclar”. Los paraguayos tenemos esta idea muy arraigada en la conciencia, aunque no sabemos a qué llamamos “mezcla”. ¿Es a la incorporación de ítems del guaraní cuando hablamos en castellano, o a la inversa? ¿Es a la alternancia entre un idioma y otro en una misma conversación? Sea cual fuere la respuesta, esta “mezcla” no es incorrecta, pues es una variedad más de la lengua materna. Es decir, algunas variedades del castellano tienen incorporados en su estructura varios elementos de origen guaraní. Lo mismo sucede a la inversa. También ocurre que algunas personas adquieren las dos lenguas como lengua materna y tienen la admirable habilidad de alternar entre un idioma y otro, entre frases u oraciones. Lamentablemente, muchas veces creemos que esta alternancia se debe a una incapacidad de expresar una idea en uno u otro idioma, pero décadas de investigación científica prueban que esto no es verdad. Por ejemplo, cuando digo “Estoy pirevai” (cuando me pasa, lo debo anunciar), no utilizo la palabra “pirevai” porque no conozco su equivalente en castellano, sino porque para expresarme con precisión en un situación dada, esa es la palabra que necesito. Y ni siquiera estoy cambiando de idioma… “pirevai” es parte de mi inventario léxico del castellano. Lamentablemente, no todos los “préstamos” del guaraní están aceptados. Si tomamos las siguientes oraciones: “Decilena a Pedro que me llame” y “Decile katu a Pedro que me llame”, percibimos que una es mejor que otra. ¿Por qué? Tienen casi la misma estructura, casi el mismo significado y el mismo número de elementos del guaraní… aun así, una de estas oraciones “nos suena mejor”. Esto se debe, simplemente, a que a la oración en cuestión la asociamos a una clase social privilegiada; mientras que a la otra, no.
En todas partes del mundo y en todos las épocas, hubo y hay idiomas en contacto. En Paraguay, el guaraní y el castellano se influyen entre sí desde hace quinientos años. Si bien por mucho tiempo la frontera entre la zona rural y la zona urbana marcaron una suerte de separación entre el guaraní y el castellano, hoy esta frontera está menos marcada y, por lo tanto, el contacto se intensifica. Como resultado, surgen todo tipo de fenómenos lingüísticos, productos de la creatividad del ser humano. Por más esfuerzo que se haga, ninguna institución podrá redibujar esa frontera lingüística… ni la Real Academia de la Lengua Española, ni la Academia de la Lengua Guaraní, ni las escuelas. Hasta cabría preguntarnos por qué hacerlo, ¿por qué no celebrar la diversidad lingüística del Paraguay? (Y cuando hablo de diversidad, no me refiero solamente a los diferentes idiomas, sino también a las variedades de cada uno de estos idiomas).
Tradicionalmente, las escuelas han favorecido la enseñanza de la variedad de prestigio de las lenguas. Esta preferencia refuerza la idea de que si no hablamos con las reglas gramaticales que nos enseñan en una institución, no hablamos bien: Hablamos, por el contrario una versión “corrompida” de la lengua. Como consecuencia, muchos nativohablantes de guaraní se sienten incompetentes en su lengua materna, porque la variedad que hablan no se parece al guaraní de la escuela o al guaraní que hablaban sus abuelos. Lo mismo sucede con nativohablantes de castellano, sobre todo al compararnos con hispanohablantes de otros países. La escuela nunca nos habló de que la lengua tiene variedades, que son, lingüísticamente, ¡todas correctas!
En Paraguay no hay “nilingües”. En el mundo no hay “nilingües”. En Paraguay y en el mundo hay personas con una creatividad lingüística fascinante, que merece documentarse, estudiarse y celebrarse. Los niños que recibirán las escuelas que implementen el Plan Nacional de Educación Intercultural Bilingüe no serán “nilingües”, serán fantásticos innovadores lingüísticos, con la capacidad de apreciar la diversidad y de explotar las múltiples posibilidades de expresión que nos ofrece el lenguaje. Si bien los planes y las reformas anteriores tuvieron falencias, estas no tuvieron que ver con la capacidad lingüística de los estudiantes. Muy por el contrario, créame, profesor Domínguez, que esta habilidad es el mejor recurso con el que cuenta la Educación Bilingüe.

Con admiración y respeto, me despido cordialmente.


Josefina Bittar Prieto
madre de Guillermo (7)
y estudiante de Lingüística
de la Universidad de Nuevo México, EE.UU.


domingo, 6 de noviembre de 2011

De lo superficial a lo espiritual (la historia de alguien que dio de mamar)


La panza del embarazo es un imán para historias sobre la maternidad, sobre todo cuando se es tan joven, como yo. Durante nueve meses, muchas mujeres compartieron conmigo su sabiduría de madres. Sus experiencias me fascinaron y me reconfortaron, pero al mismo tiempo, me confundieron: las vivencias iban de lo más poético a lo más traumático. ¿Qué me tocaría a mí? Mi panza-imán y mis inquietudes –en todas sus variantes: desde las más superficiales a las más espirituales– crecieron a la par.  

En el extremo superficial de mis preocupaciones estaba el devenir de mi cuerpo. Había escuchado historias de mujeres que habían subido cuarenta kilos durante el embarazo y que nunca los habían bajado, de gente que nunca había recuperado la curvatura de su cintura…  Ya me veía yo teniendo que privarme de ciertas comidas, o peor, teniendo que hacer ejercicio físico. Esta preocupación fue la primera en desaparecer cuando nació Guillermo.

Con el bebé en brazo, entendí que la alimentación que importaba a partir de ese momento era la del nuevo ser (la mía, sólo en tanto que no perjudicara la suya). Si bien cada mujer con la que conversé tenía una opinión diferente sobre el uso del chupete, una manera distinta de bañar al bebé y una creencia aparte sobre los poderes mágicos del cordón umbilical; en el tema de la alimentación todas estaban de acuerdo: el mejor alimento para el bebé es la leche materna.


El doloroso principio
Así, por sugerencia de varios artículos y madres, luego de mi cesárea, les pedí a las enfermeras que le mantuvieran a Guille a mi lado, para alimentarle cuando lo necesitase, y que evitaran darle leche de fórmula. Mi convicción de que dar de mamar era lo mejor para el bebé fue fuerte hasta que intenté hacerlo. Nadie me había dicho que amamantar podía ser doloroso y frustrante; tanto, que de a ratos, pensaba que la leche de fórmula no debía ser tan mala después de todo y que tal vez habría sido la mejor opción… Pero no, si la leche materna era tan importante y si tantas mujeres y bebés lo hacían con aparente facilidad, valía la pena intentarlo un poco más. Tenía que ser una cuestión de práctica. Llegarían tiempos mejores.

Gordo, él. Flaca, yo
Felizmente, al cabo de dos semanas, Guillermo había agudizado sus sentidos y los festines se habían vuelto menos difíciles. A mí ya me habían pasado los dolores de la cirugía y había vivido un gran acontecimiento: mi ropa “normal” me entraba, y lo mejor de todo, no había hecho dietas ni ejercicio. Esto era obra y milagro de la naturaleza… los beneficios del amamantamiento se estaban volviendo perceptibles. No sólo volvía yo a mi forma normal, sino también Guille engordaba saludablemente. Y así, al cabo de un mes, mi hijo y yo habíamos establecido una relación óptima para la lactancia… y yo comenzaba a conocer las múltiples ventajas de dar de mamar.

Nada más práctico
Una de las primeras virtudes que le encontré a la leche materna fue la practicidad. Toda madre sabe el esfuerzo que significa preparar leche de fórmula: pues no se trata sólo de mezclar el polvo con el agua, sino de esterilizar biberones, entibiar el líquido, desechar el excedente… y ni hablar de lo incómodo que puede ser acarrear los ingredientes y los envases de la leche en polvo de aquí para allá. La leche materna está siempre disponible, lista para beber, directamente del envase y con la temperatura adecuada. Nada se le iguala en practicidad.

Leche personalizada
Con los meses también pude comprobar que los bebés amamantados casi nunca sufren de cólicos, de constipación o diarrea. Esto a su vez evita en buena medida el sarpullido causado por el pañal y la ingesta de medicamentos. Según dicen, esta virtud se debe a que la leche materna tiene todos los nutrientes que el lactante necesita y a que, además, el cuerpo de cada madre produce una leche que se ajusta a las necesidades específicas de su bebé. Esta prevención de cólicos, constipación y diarrea es una cualidad de la leche materna visible a corto plazo, pero también se ha comprobado que el bebé lactante es mucho menos propenso a desarrollar alergias y que adquiere anticuerpos que le protegen durante toda su vida.

El planeta, agradecido
También es reconfortante saber que cuando damos de mamar, contribuimos en el cuidado del medio ambiente. Son varios los impactos positivos del dar de mamar. Algunos de ellos son la reducción de basura (pues no se desechan envases) y la disminución de la emisión de dióxido de carbono (la que genera la producción de leche de fórmula). Que el mundo entero nos agradezca lo que hacemos puede ser verdaderamente gratificante.  

En el mundo material
Por último, no puedo dejar de mencionar que otra de las grandes ventajas que tiene la leche materna sobre la leche de fórmula es su gratuidad. Cuando escucho cuánto gastan algunos padres en leche (sin sumarle el costo de medicamentos comprados para solucionar los problemas ocasionados por el consumo de leche de fórmula) me doy cuenta de que la lactancia beneficia la salud del bebé y de la mamá, el medio ambiente y también el bolsillo.


Hoy Guillermo tiene siete años (¡y comparto con las panzas nuestra historia!). A veces, cuando le miro, me acuerdo de cómo pasó de apenas levantar la cabeza a permanecer sentado mientras jugaba con un sonajero. Durante sus primeros seis meses de vida, mientras él se alimentaba exclusivamente con leche materna, yo disfrutaba de todo lo que se pudiera comer; pues sabía que la grasa extra que ingería, mi cuerpo la usaría en la producción de leche. Así también, además de la felicidad que me daba la libertad glotona, experimenté una sensación de satisfacción emocional como nunca antes. Toda la inseguridad que me había podido generar la inexperiencia en asuntos de maternidad pronto se desvanecieron, puesto que comencé a percatarme de que yo –y solo yo– era la responsable del crecimiento sano de mi bebé. Hasta ahora, no dejo de sorprenderme de la manera en que la naturaleza logra acomodar lo físico y lo emocional luego del nacimiento de un nuevo ser: es un mecanismo perfecto, del que somos parte.  


Di de mamar un año… y conocí todos los beneficios de hacerlo. Así recuperé mi forma física. Así ahorré tiempo y dinero. Así disfruté de la salud de mi hijo. Así protegí el medio ambiente. Así experimenté, en mi propio cuerpo, la sabiduría de la naturaleza.



viernes, 4 de febrero de 2011

¡Gracias!




Gracias Mami, Papi, tía Bea, tía Belén, tía Soledad, Camilo y Ana Lau por compartir mi enlace y hacer que mucha gente lea el artículo sobre el 3 de febrero.
Gracias Tati por tus palabras siempre alentadoras. Gracias Nito por tu lectura crítica.
Gracias Jorge, Rodrigo, Eli, Tami (¡claro que te conozco!), Carla, Sr. Fretes, Paz, Sra. Martínez, tía Jazmín y tía Cyn por dejar sus impresiones (en serio gracias, sé que el sistema de comentarios del blog es bastante complicado).
Y gracias súper especiales a la gente que se acuerda de mi abuelo con tanto cariño. Si bien no tuve la oportunidad de conocerlo mucho, las personas que me hablan de él hacen que su recuerdo se mantenga vivo en mi memoria. Me llena de satisfacción escuchar tantos halagos hacia él, especialmente de sus alumnos, quienes afirman que fue un gran profesor. Una de mis mayores aspiraciones es que en el futuro mis alumnos me recuerden con la mitad del afecto y admiración con los que se le recuerda a él.
Gracias tía María José por la emotividad de tu comentario.
¡Gracias Abu! (¡el comentario más esperado!) por decirme: “Ahora puedo morir tranquila porque sé que no aré en el desierto”.

Confieso que este texto lo escribí para mis tías y mi abuela, jamás pensé que podría llegar a tener tanto alcance y a generar tantas respuestas. Por eso, ahora pienso que debo agregar un poco de información para quienes se quedaron con un poco de curiosidad: Mi nombre es Josefina Bittar Prieto. Soy hija de Celeste Prieto y Carlos Bittar. Nací el 13 de febrero de 1988. La abuela del artículo es la mamá de mi mamá. Se llama María Cristina Rivarola de Prieto, pero se la conoce como “Polaca”. Mi abuelo fue Justo José Prieto, conocido por sus allegados como “Justito Prieto”. Como ya lo mencioné, no lo conocí bien, murió en 1992… pero es todo un honor para mí haber crecido en una casa llena de sus libros, de sus fotos, de sus objetos... llena de él.

Y bueno, a modo de agradecimiento, subo la foto del brindis de anoche con mi abuela (gracias tía Bea). ¡Salud!

jueves, 3 de febrero de 2011

¡Brindemos! Hoy es 3 de febrero de 1989



Hace unos días llegó a manos de mi abuela una filmación de la mañana del 3 de febrero de 1989. Nos sentamos a verla juntas. En la mitad del video se encontró con su imagen y la de su marido, quienes se encontraban frente al Panteón agitando una bandera paraguaya. “Pará ahí” me dijo. Lo hice…y, además, también por orden de mi abuela, retrocedí la filmación una y otra vez, de modo que ella pudiera volver a ver su rostro y, más importante aún, el de su compañero. A la vigésima vez refunfuñé. “Es que vos no entendés…”, sentenció, “…éste fue el día más feliz de mi vida después del de mi casamiento”. En ese momento dejé pasar el comentario, pero más tarde, mientras recordaba las imágenes del día posterior al golpe, me detuve a pensar en qué sabía yo de la dictadura del Gral. Stroessner y del golpe que lo derrocó. En un principio, intenté recordar fechas, sucesos, datos estadísticos… pero finalmente, en lugar de todo ello, me vinieron a la mente anécdotas, frases, recuerdos de la familia. Reviví, por ejemplo, una breve conversación que tuve con mi abuela cuando caí en la cuenta de que entre 1954 y 1989 habíamos nacido mi mamá y yo: “Abu, mi mamá y yo nacimos durante el mismo gobierno”, le dije sorprendida ante mi hallazgo. Ella me miró fijamente y me corrigió: “No, nacieron durante la misma dictadura”.

Durante todo el día, seguí escarbando en mi memoria, encontré la historia de las diecisiete entradas a la cárcel de mi abuelo, la de los años en el exilio de mis bisabuelos, abuelos, madre y tías, la de las manifestaciones contra el régimen, la de los discursos del dictador que pasaban en la radio nacional... Escuché tantas anécdotas que podría pasarme horas escribiendo sobre ellas… una de ellas me causa particular gracia: Un 18 de octubre, mi abuela (lady como ella ninguna) no tuvo mejor idea que acompañar a la caravana de liberales que acudía al Panteón para rendir homenaje a los fundadores del Partido Liberal. Allí, los policías esposaron de inmediato a los líderes del grupo y se los llevaron al coche. En ese momento, un joven subió al capó de modo que el auto no siguiera camino. Inmediatamente, los policías comenzaron a golpearlo. Mi abuela, presente ante tamaña injusticia y en un esfuerzo por que suelten al joven, agarró a uno de los oficiales de los pantalones diciéndole: “Anínati, nde compatriota niko”. Lo tragicómico del asunto es que ese instante lo retrató un fotógrafo… y mi abuela pasó días preocupada por que en el diario saliera “la foto de la vieja agarrándole de los pantalones a un tahachi”.
Desde chica hasta ahora, además de anécdotas, he escuchado apreciaciones del gobierno despótico. Muchas de ellas han marcado la forma en que veo a las personas. Suelo escuchar, por ejemplo, “ese fulano que nunca apareció en ninguna manifestación ahora viene a hablar de democracia”… Me pongo en el lugar de mi abuela (que llevaba la plancha en la cartera durante las manifestaciones, por si tuviera que pegar a alguien) y aquellos fulanos que se jactan de demócratas pierden toda credibilidad. En otras palabras, tiendo a juzgar a las personas mayores a partir de la actitud que tuvieron durante aquellos treinta y cinco años de gobierno dictatorial.
Todo este indagar en mi memoria me llevó a descubrir que la dictadura es para mí -antes que un período histórico- una serie de anécdotas, apreciaciones y comentarios que escuché en miles de encuentros familiares y conversaciones con mi abuela. Debido a su cercanía temporal, no he tenido la oportunidad de estudiar dicho lapso de manera metódica. Por supuesto, me ha tocado aprender las causas del golpe que puso al dictador en el poder, las obras que ejecutó durante su dictadura, entre otros asuntos, pero los estudié como hechos aislados y de manera poco sistemática. Y si bien varios profesores de Historia me han afirmado que la dictadura sí puede estudiarse objetivamente, dudo que todos ellos puedan lograr la objetividad sobre dicho tema en sus clases.
Al final del día no me quedó más que aceptar que mi abuela tenía razón: no entiendo la dictadura… no tengo la edad suficiente para haberla vivido y recordarla -no sufrí el exilio, no fui a la cárcel, no me torturaron, no me callaron- ni tampoco puedo distanciarme de ella para estudiarla fríamente. Feliz de haber encontrado una causa a mi suerte de ignorancia, volví a mencionar el tema a mi abuela y le comenté sobre la conclusión a la que había llegado. La empatía de su respuesta me sorprendió: “Es lo que me pasaba a mí con la Guerra del Chaco… todos los días escuchaba las historias de papá mientras que en el colegio se estudiaban sólo algunas batallas”. Si bien con los años incrementó la bibliografía sobre la Guerra del Chaco y se la estudió casi reiterativamente en el colegio y en la universidad, dudo que mi abuela y yo hayamos leído sobre ella con la misma actitud. Así también, difícilmente pueda yo informarme sobre la dictadura de la misma manera en que lo hago sobre otro momento de la historia. Es probable que las siguientes generaciones no se encuentren en este limbo y puedan estudiar la dictadura como hoy estudiamos la Guerra del Treinta. Es probable que la objetividad y el método produzcan nuevos libros de historia y las anécdotas familiares se pierdan con los años… Es probable que esta pérdida sea el precio del entendimiento.
Por lo pronto, yo me quedo con las anécdotas, con la sangre en los ojos, con mi subjetividad, porque si bien no viví la dictadura ni la estudié, tuve la suerte de que me la hayan recreado personas que la sufrieron. Y gracias a ellas conozco el valor de la libertad y tengo una idea de lo que puede significar perderla. Gracias a ellas sé que nada justifica una dictadura… y esto es algo que no se aprende con libros ni datos históricos, sino con la transmisión de experiencias en la familia. Por ello, hoy digo que en el futuro, mientras en el colegio a mi hijo le enseñen fechas, antecedentes, consecuencias, nombres y biografías… yo le contaré la historia de mi abuela y el policía.

Hoy es 3 de febrero. Cayó Stroessner. Mi abuela y mi abuelo están celebrando en el centro de la ciudad. Me uno a ellos, más allá de la distancia y el tiempo. Hoy es 3 de febrero de 1989. Brindemos.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Lennon



"Lots of people who complained about us receiving the MBE received theirs for heroism in the war --for killing people. We received ours for entertaining other people. I'd say we deserve ours more."

- John Lennon


Esta mañana mi abuela estaba hojeando el diario mientras desayunábamos y charlábamos. De pronto, la detuve. “Mirá”, le dije mientras le mostraba el artículo, “hoy hace treinta años que murió John Lennon”, fingí un tono de falsa sorpresa. “Gran cosa” me contestó. Un poco desinflada, me hundí en mi taza de café. No volví a hacer comentario alguno sobre el músico en todo el día. Pero me quedé pensando en cómo podía explicarle a mi abuela lo que John significa para mí… Recordé algo que había dicho un profesor una vez: que la brecha entre mi generación y la de mis padres es mucho menor que la existente entre la de mis padres y la de mis abuelos. Tenía razón, John lo confirmaba, pues esta admiración a Lennon que mi abuela no comprende la heredé de mi papá. Entonces me pregunté qué es lo que hace que la figura del músico no sólo se mantenga viva en las nuevas generaciones sino que también marque una diferencia entre éstas y las anteriores a ella… En ese momento recordé una escena del documental Imagine. Ésta mostraba a John y Yoko en su famoso encierro en un hotel de Holanda desde el que propagaron mensajes de paz. Vestidos de blanco y sentados sobre sábanas del mismo color, luciendo cabellos llamativamente largos y desprolijos, los esposos fueron atacados por la dura crítica de una periodista que les decía que era una ridiculez pensar que se puede conseguir la paz del mundo desde una cama. Sin titubear y seguro de sí mismo, John respondió: “esto es publicidad para la paz”.
Publicidad para la paz… Estoy segura de que en ese momento de los años setenta John ya veía un mundo en el que “todo tiene logo”, en el que todo se compra, en el que quien sabe vender o venderse tiene el planeta a sus pies. De este modo, comprendiendo los mecanismos de la sociedad de consumo en la que vivía, Lennon no sólo habló a favor de la tolerancia, sino que convirtió su propia imagen en un símbolo de paz. A las nuevas generaciones aquel cabello largo y aquellos anteojos bien redondos nos dicen “war is over”. Cada foto que vemos, cada canción que escuchamos nos recuerda que no hay fin que justifique la guerra y de que hay maneras pacíficas de lograr objetivos, ya bien nos lo demostró Gandhi. Sí, el mensaje de Lennon no era nada nuevo, pero con él llegó a millones de jóvenes que unieron sus voces para protestar contra esos asesinatos que se cometen en nombre de la justicia y la libertad. John conocía el poder de su voz y lo utilizó para propagar las ideas de hombres como Luther King y el político indio. John nos convenció de que tenemos que ser soñadores para que el mundo se una en paz.
Desde esa época hasta ahora ningún maestro, ningún religioso, ningún político ni ningún músico han podido reemplazar la figura de Lennon. Él sigue siendo el vocero de los ideales de las generaciones que lo siguieron… y no lo digo como beatlemaníaca, sino como una observadora que no ha visto a nadie reconocer los ideales de un músico (o de una persona) como propios como la gente lo ha hecho con los mensajes de amor y paz de Lennon. Sin embargo, pienso también que tal vez la mayoría de estas personas no comprendan verdaderamente lo que éstos significan... pero que se hable de la no-violencia, que se escuche la palabra “paz”, que pensemos en cambiar el mundo ya es un gran avance, pues a partir de allí podemos construir el entendimiento.
A pesar de su comentario despectivo hacia “ese pelilargo”, sé que mi abuela comprende lo importante que fue Lennon para el mundo y para mí. Y estoy segura de que dentro de veinte años, mi hijo --con tono de falsa sorpresa-- me dirá: "Mamá, hoy se cumplen cincuenta años de la muerte de John"... y tendré la satisfacción de saber que las generaciones futuras, gracias al mensaje de Lennon, podrán afirmar que de una vez por todas "war is over".

lunes, 15 de noviembre de 2010

Paul vive y deja morir




Lo han acusado de farsante, de vil comerciante, de poco creativo, de mero carilindo. De los miembros de los Beatles, Paul McCartney ha sido el más criticado y tal vez el más odiado. Al lado de John Lennon, Paul siempre fue menos imaginativo e idealista y más pragmático y materialista, características que le costaron el desprecio de muchos de los admiradores de Lennon. Además, la ruptura Lennon-McCartney, que dejó secuelas de resentimiento en ambos, significó para muchos fanáticos la necesidad de tomar partida por uno u otro músico. Y en esta competencia, McCartney tuvo todas las de perder, sobre todo porque mientras Lennon escribía Imagine y esparcía mensajes de paz, el carilindo andaba con su banda en la fuga, Wings, cuyos temas pasaron por frívolos en comparación a los de su excompañero. De más está decir que Lennon se volvió una figura mítica tras el asesinato en 1980, y así ¿quién puede competir contra un mártir?
Menos idealista, sin duda. Más comerciante, definitivamente, pues Paul ha sido el exbeatle que más ha explotado el éxito del grupo de los años sesenta luego de su separación. Consciente de que sus nuevos temas difícilmente alcancen la popularidad de Let it be o de Yesterday, McCartney ha incluido en todas sus giras las canciones que compuso con los Beatles. Esta inclusión tiene un fin comercial evidente, pero es a la vez una suerte de continuación de la beatlemanía que nos permite a las nuevas generaciones de beatlemaníacos disfrutar de primera mano las canciones que hemos escuchado hasta el cansancio.
En mi caso, puedo decir que la banda sonora de mi vida es la música de los Beatles. Tengo veintidós años y llevo más de quince escuchándola, descubriéndola y redescubriéndola… y he tenido el fabuloso privilegio de escuchar al Sir Paul McCartney en vivo en más de una ocasión. La primera fue en Oakland, California, en abril de 2002, y la última, en Buenos Aires, hace unos días. Si bien el repertorio fue similar en ambos conciertos, los espectáculos fueron absolutamente diferentes. En el estadio Monumental de River Plate pude apreciar la capacidad de renovarse del legendario músico. En primer lugar, me sorprendió la gran diferencia que había en la producción de los shows y, en segundo lugar, me quedé maravillada al escuchar canciones que no suelen formar parte de las compilaciones de grandes éxitos de los Beatles: I’ve got a feeling y Helter Skelter, entre ellas.
Otra cualidad que McCartney demuestra en sus conciertos es su calidad como músico. No solamente pasa del bajo al piano, de la guitarra al ukelele, sino que pasa de tocar Live and let die con toda su banda y fuegos artificiales de fondo a cantar Blackbird, acompañado nada más que de su guitarra acústica y una tenue luz de fondo. Y, como si no bastara su excepcionalidad como músico, Paul se esfuerza por agradar al público. En el caso de Argentina lo logró haciendo un gran esfuerzo por hablar en castellano durante casi todo el concierto. “Buenas noches argentinos” repitió varias veces… tal vez no imaginó que esa noche no solamente había argentinos, sino paraguayos, brasileños, uruguayos, chilenos y colombianos.
Tanto en Oakland como en Buenos Aires, Paul McCartney, de más de 60 años de edad, ofreció espectáculos de tres horas. En esta última oportunidad, no sólo fue admirable su resistencia física sino la capacidad de atraer a un público joven y mantenerlo de pie durante todo el concierto. Es más, me atrevo a afirmar que la edad promedio de los espectadores habrá sido de treinta, o menos. Hace unos meses, una tía que lo vio en Estados Unidos me contó que fue con toda la familia y que su hija menor, de siete años, se emocionó de tal manera al escuchar Ob-la-di Ob-la-da que se paró sobre la silla y comenzó a bailar. Ya somos tres las generaciones de fanáticos… y vamos en aumento.
A sus 68 años, Paul hace bailar a niños de 7, mantiene una figura saludable, ofrece conciertos espectaculares y está en tregua con su pasado: recuerda como amigo a John y se pregunta qué diría si estuviera vivo; rinde homenaje a George, de quien dijo ser hermano mayor; y celebra la vida de su compañera Linda.
Menos idealista y más comerciante, sí, felizmente… Paul no está muerto. Por el contrario, vive y mantiene vivo el mayor legado musical del siglo XX. Los Beatles viven; Paul vive, y a nosotros, que ya lo vimos, nos deja morir, en paz.

miércoles, 27 de octubre de 2010

Fariña Núñez y la sensibilidad cosmopolita


Antes que modernista, Fariña Núñez fue helenófilo, es decir, gran admirador de la cultura griega clásica. Esta admiración se fundamenta en la vigencia que el poeta encuentra en las ideas filosóficas griegas que, según él, se debe a “una unidad grandiosa, una sencillez suprema y una profundidad incomparable” (Fariña Núñez, 1925, 15).
Si bien sus biógrafos no han podido determinar si el autor manejaba el griego, sí es certero que durante sus años en el seminario Fariña Núñez estudió y tradujo del latín a autores que han emulado a escritores y pensadores griegos, como Ovidio y Virgilio. Así también, las numerosas alusiones a la mitología griega que se perciben en sus obras en verso y prosa son pruebas del vasto conocimiento que el poeta tenía del mundo helénico.
Entre los temas de la cultura grecolatina, Fariña Núñez prestó especial atención al pensamiento cosmopolita. En el Timeo, diálogo que el poeta califica de una de las “grandes obras maestras del razonamiento” (Fariña Núñez, 1925, 15), Platón plantea que el universo tiene origen en un ser de suma bondad, creador de un sistema armónico de todos los seres (el cosmos), que acaba con el caos.
En los ensayos reunidos en El jardín del silencio Eloy Fariña ofrece reflexiones respecto del hombre y del lugar de éste en la armonía universal. Apoyándose en el pensamiento pitagórico, Fariña Núñez observa, por ejemplo, que “la sabiduría de la Naturaleza reside en la economía de sus partes, en el orden de sus reinos y en la armonía de sus relaciones” (Fariña Núñez, 1925, 11). De este modo, el autor concibe al hombre como un ser igual a los demás, es decir, ni superior ni inferior a los otros. Es por ello que condena la soberbia del ser humano, que no solamente “pretende conocer a Dios, clasificarlo e interpretarlo” (Fariña Núñez, 1925, 10), sino también que “vive […] como si estuviera hecho de la sustancia de los dioses” (Fariña Núñez, 1925, 13). Pero, así también, concuerda con Pitágoras en que la misión del hombre en la tierra es comprender las cosas que pudiere dentro de sus limitaciones, puesto que esta comprensión es la que lo elevará “al amor universal” (Fariña Núñez, 1980, 180), es decir, al sentido de pertenecer él mismo al cosmos. En sus ensayos, en los que se explaya sobre ello, Fariña Núñez refleja dicho pensamiento de incorporar la sensibilidad cosmopolita en su obra literaria. En el cuento “Las vértebras de Pan”, que da título a la colección, Emilio, el personaje principal, se adentra en el bosque y, contemplándolo, llega a reintegrarse en “la unidad primera, universal, increada” (Fariña Núñez, 1914, 18). Además, por ejemplo, en Cármenes (1922), colección de poemas, “Autobiografía” trata el tema de la transmigración del alma desde un punto de vista cosmopolita; enfoque en el que se estudiará la obra y el pensamiento de Fariña Núñez con mayor detalle en los siguientes apartados de este trabajo.
Influido por Darío y Lugones, en particular, y por el estudio de la cultura grecolatina durante su preparación teológica, Fariña Núñez desarrolló un conocimiento amplísimo de la cultura clásica y una espiritualidad que lo llevaron a preocuparse por la esencia del ser humano y su destino. Tal preocupación, él la volcó en la totalidad de su obra, cuyo mensaje sigue vigente para el lector de hoy puesto que los misterios no se han resuelto todavía.